Consumo el amanecer al despertar y recuerdo, recuerdo tu mirada que me incitaba a amar, amar la vida, mi caminar.
Dudosa de mi aprender, con mi nueva bata blanca, conocí tus ojos entre cuatro paredes del hospital.
Sólo verte, tu alma se sinceró conmigo, eras un mar en calma rodeado de cáncer, de enfermedad.
Necesité cuidarte esos días, mostrarte mi afecto, intenté contagiarme de tu serenidad. Me despedí con tristeza, con la incertidumbre de si nuestras emociones se volverían a encontrar. "Gracias", me decías, "eres mi ángel, no te vayas, quédate".
Ese día se rompió mi alma, pero me la sanó tu ejemplo, tu lucha, tu paz.
Dediqué días a tu recuerdo durante dos años hasta que en otras prácticas la vida nos volvió a presentar.
Perdona, perdóname por deshacerme y llorar al saber tu diagnóstico, por contagiarte mis lágrimas y no saber parar. Qué injusta la vida, a veces lucha contra corazones que rebosan paz.
Y eso intenté decirte, con amor, con tristeza, "la vida te ha hecho luchar mucho, deja un poco para los demás".
Me sonreíste, afirmando, aunque sin certeza, que nos volveríamos a encontrar.
Sé que mi mirada, mis gestos, mis silencios te hablaron y que en cierto modo sabes lo que me has regalado.
Tú me hablaste cada día, acompañandome en silencio, con la transparencia de tus ojos, qué mirada más bonita, a pesar del dolor, del miedo, de la tormenta que te seguía al caminar.
Volabas, aunque te ataran las alas más que a los demás.
Y me contagio de la calidez de tus sonrisas, de tu alma invencible, de tu fuerza y vivo, vivo cómo nunca antes, gracias por enseñarme tanto y no irte de mi jamás.
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